¿Por qué Dios me permite fracasar?

¿Alguna vez se ha sentido tan desanimado después de haber experimentado un fracaso en su vida cristiana? Quizás hasta se haya preguntado a sí mismo: “¿Por qué Dios me permite fracasar? ¿No podía Él haber evitado que cometiera este error? ¿Acaso Él no desea que tenga un buen testimonio cristiano?”

La vida cristiana es vivir a Cristo

Para contestar estas preguntas, es conveniente que nos demos cuenta lo que sucedió cuando fuimos salvos. Sabemos que fuimos perdonados de nuestros pecados y salvos del juicio eterno, pues la salvación maravillosa que el Señor efectuó tomó cuidado de nuestro pasado y aseguro nuestro futuro. Pero más que eso, nacimos de nuevo con la vida divina, la cual es para nuestra vida hoy.

Cuando nacimos de nuevo, el Espíritu de Dios vino a vivir y mezclarse en nuestro espíritu humano. De modo que, 2 Timoteo 4:22 nos dice que hoy el Señor está con nuestro espíritu. Cristo vino a vivir en nosotros a fin de que Su vida llegue a ser nuestra vida y Su vivir llegue a ser nuestro vivir. Cuando vivimos en unidad con el Señor, le expresamos a todos los que están en nuestro alrededor. Esto es la vida cristiana.

Debido a que esto es la vida cristiana, el Señor no se enfoca en nuestros logros o fracasos; Él se enfoca en si Él puede vivir en nosotros y a través de nosotros. Podemos ver esto en las palabras que Pablo expresó en Filipenses 1:21:

“Porque para mí el vivir es Cristo”.

La nota 1 en este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro explica lo que esto significa:

“Cristo no era simplemente [la] vida [de Pablo], sino también su vivir. Él vivía a Cristo porque Cristo vivía en él (Gá. 2:20). Él era uno con Cristo tanto en vida como en el vivir que llevaba. Él y Cristo tenían una misma vida y un mismo vivir. Vivían juntos como una sola persona. Cristo vivía dentro de Pablo como la vida de Pablo, y Pablo manifestaba a Cristo como el vivir de Cristo”.

Teniendo esto en mente, podemos ver que Dios no desea edificarnos en nuestras habilidades y virtudes naturales que poseemos en nosotros mismos. Lo que Él desea es que vivamos a Cristo. Si no vemos esto, perderemos nuestro tiempo intentando vivir en nosotros mismos y por nuestra propia vida, una vida que le agrade a Dios en vez de vivir por Su vida. Intentaremos servir a Cristo y hacer cosas por Él sin conocer o experimentar a Cristo en nuestra vida.

Los fracasos en realidad nos ayudan

Es aquí donde los fracasos llegan. No es que Dios desea que fracasemos, pero Él sabe que nuestros fracasos nos pueden ayudar, pues estos nos muestran que le necesitamos.

Así que, debido a esta razón, el Señor fielmente nos provee el entorno perfecto para descubrir nuestras insuficiencias. Es probable que creamos que espiritualmente somos fuertes, no obstante, Él arregla las circunstancias adecuadas para mostrarnos cuán débiles somos en realidad. Por ejemplo, quizás creamos que somos amables, amorosos y pacientes y es posible que hasta cierto punto lo seamos. Pero de alguna manera el Señor trae a alguien a nuestra vida que pone a prueba nuestro amor, lo cual pone en evidencia cuán superficial es. De modo que dadas las circunstancias, no somos tan amables. Y encima de eso, esta persona agota nuestra paciencia; a pesar de nosotros mismos y antes de que nos demos cuenta, explotamos en ira.

Dichas dificultades nos muestran que no somos los “buenos cristianos” que creíamos que éramos. Sin embargo, esto no significa que sea algo negativo, pues nos ayuda a mirar que Jesucristo es el Único que puede vivir una vida cristiana adecuada, y Él entró en nuestro espíritu para vivir esta vida en nosotros, a través de nosotros y por nosotros.

Los fracasos nos exponen, vuelven abren y preparan para estar dispuestos

Por medio de nuestros fracasos el Señor puede alumbrarnos en nuestro corazón y exponer delante de Él nuestra verdadera situación interna. Su luz nos muestra que no somos nada ante nosotros mismos. Él nos alumbra para que nos demos cuenta cuán cortos de Cristo estamos, lo cual hace que nos volvamos a Él, le invoquemos e incluso clamemos a Él. Es cuando fracasamos que comenzamos a entender cuánto necesitamos experimentar que Cristo viva en nosotros.

Bajo la luz de Dios somos humildes, nuestra confianza en sí mismos es quebrantada y tememos ser independientes. Como resultado, estamos más abiertos a Él que cuando pensábamos que estábamos bien. De tal forma que, cuando somos un vaso abierto, Cristo puede venir y llenarnos. Para que el Señor crezca en nosotros, Él necesita que tengamos este tipo de apertura.

Además, cuando nuestras deficiencias se ponen al descubierto por la luz del Señor, estamos más dispuestos a volvernos a Él y contemplarlo, amarlo y pasar tiempo con Él disfrutando Su presencia. Ya no podemos ser independientes, confiar en nuestra propia habilidad o bondad, y estamos más dispuestos a dejarlo vivir en nosotros y a través de nosotros.

No debemos desanimarnos

Nada de esto indica que debamos fracasar a propósito o pensar que está bien que seamos negligentes en cuanto al pecado. A fin de mantener una relación con el Señor, es necesario que cuidemos de la condición de nuestro corazón y prestemos atención a la voz de nuestra conciencia. Cuando el Señor nos hace conscientes de los pecados que hemos cometido, debemos confesarlos a Él para así poder recibir Su perdón y ser limpios. Además, si deseamos tener una vida cristiana normal, debemos aplicar todas estas prácticas espirituales y llevarlas a cabo diariamente, pues son sanas y necesarias.

No obstante, experimentaremos los fracasos, y cuando esto suceda, podemos dar nuestro consentimiento a que estos fracasos le den a Cristo más oportunidad de que seamos alumbrados, nos volvamos y abramos a Él. Si estamos conscientes de esto, el desánimo y la desilusión no nos vencerán cuando fracasemos. En lugar de eso, nos volveremos inmediatamente a Cristo e incluso le agradeceremos por Su sabiduría al tratar con nuestra independencia de Cristo; nos abriremos a Él de una manera más profunda para que así Él viva en nosotros y nosotros le vivamos a Él.


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