Tres aspectos de la muerte de Cristo que podemos aplicar ahora mismo

Cuando recibimos a Cristo lo que Él logró en la cruz llega a ser nuestro debido a nuestra fe en Él. Sin embargo, ¿sabía usted que la muerte de Cristo no sólo es algo que pertenece al pasado? De hecho, podemos aplicar la muerte de Cristo en nuestro diario vivir hoy mismo.

En esta entrada presentaremos tres aspectos de Cristo en Su muerte por nosotros según se revela en el Evangelio de Juan: los aspectos del Cordero de Dios, la serpiente de bronce y el grano de trigo. Luego en cada aspecto, descubriremos cuán importante es la muerte de Cristo para nuestro diario vivir como cristianos y cómo debemos aplicarla.

La muerte de Cristo, quien es el Cordero de Dios, aniquiló el historial de nuestros pecados delante de Dios

En Juan 1:29, Juan el Bautista declaró quién era Jesús:

“El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: ¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!

Al público judío que escuchaba a Juan el Bautista hacer esta declaración, la expresión “Cordero de Dios” no les era indiferente. Los judíos sabían mucho acerca del cordero pascual y los sacrificios por el pecado realizados en el Antiguo Testamento. (Usted puede leer los versículos en relación al cordero pascual en Éxodo 12:3-14 y los versículos en cuanto a los sacrificios en Levítico 14:10-13; 23:19-20). No obstante, referirse al Cordero de Dios como a una persona, era algo completamente nuevo para los judíos.

Que Jesús sea el Cordero de Dios significa que Él es el cumplimiento, la realidad espiritual de todos los sacrificios presentados en el Antiguo Testamento. Como nos dice Hebreos 10:1-12, la sangre de animales no puede en realidad quitar los pecados. Sin embargo, Cristo, el verdadero Cordero de Dios, es el Único calificado para quitar nuestros pecados y reconciliarnos con Dios. Él puede derramar Su sangre libre de pecado para redimir a la humanidad corrupta y pecaminosa.

Cristo es nuestro Redentor, el Cordero de Dios quien llevo nuestros pecados en la cruz. Cuando creemos en Él, el historial de nuestro pecado delante de Dios desaparece. ¡Cuánto le agradecemos por esto!

¿De qué manera podemos aplicar hoy la muerte de Cristo, el Cordero de Dios?

Aunque somos pecadores que han sido salvos, reconocemos que recibir la salvación eterna no es suficiente para que dejemos de pecar.

De hecho, el apóstol Juan, al escribir a los creyentes dijo en su primera epístola:

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”. (1 Jn. 1:8)

Pero continúa diciendo:

“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia”. (v. 9)

La manera más elevada para que apliquemos la muerte de Cristo como el Cordero de Dios en nuestra vida cristiana hoy es confesando nuestros pecados al Señor.

Como cristianos, nuestros pecados no pueden anular nuestra salvación eterna, pero sí pueden interrumpir nuestra comunión con el Señor y el disfrute de Su presencia. Cuando nuestra conciencia nos molesta debido a que hemos cometido un pecado, no podemos acercarnos al Señor, lo afligimos y Él no puede tener comunión con nosotros libremente. Confesar nuestros pecados al Señor elimina esta interrupción.

Es por esto que cada día debemos aplicar la sangre del Cordero. La muerte del Cordero nos reconcilió con Dios para nuestra salvación eterna y también logró que la sangre preciosa de Cristo estuviera disponible para nosotros a fin de mantener nuestra comunión y relación con Él todos los días.

De modo que tan pronto nos percatamos de una ofensa en nuestra conciencia, debemos dedicar un momento para confesarle al Señor:

“Señor Jesús,confieso que hice {……}. Señor, gracias por derramar Tu sangre por mis pecados. Gracias por perdonarme y lavarme del pecado a fin de que continúe disfrutando la comunión contigo”.

Cuando aplicamos la muerte de Cristo como el Cordero de Dios al confesar nuestros pecados, nuestra conciencia es limpiada y nuestra comunión con el Señor es recobrada. ¡Qué bendición!

Si desea saber más acerca de confesar, puede leer la entrada: “Por qué es necesario que confesemos nuestros pecados y cómo debemos hacerlo”.

La muerte de Cristo como la serpiente de bronce trató con la naturaleza de Satanás en nuestro ser

En Juan 3:14, cuando Jesús hablaba con Nicodemo, un líder de los judíos, Jesús le dijo:

“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado”.

Aquí Jesús se compara con la serpiente de bronce. Nicodemo estaba muy familiarizado con este término. Ciertamente ha de haber recordado lo que se relata en Números 21 sobre los hijos rebeldes de Israel, quienes morían en el desierto al haber sido mordidos por serpientes venenosas. Dios le dijo a Moisés que levantara una serpiente de bronce en un asta. Todo aquel que la mirara sería sanado y viviría. La serpiente de bronce tenía la forma de serpiente, pero no su veneno.

La nota en Juan 3:14 en la Versión Recobro es de gran utilidad:

“Es posible que Nicodemo se considerara un hombre moral y bueno. Pero lo dicho por el Señor en este versículo implica que no importa cuán bueno haya sido Nicodemo exteriormente, él tenía interiormente la naturaleza serpentina de Satanás. Como descendiente de Adán, él había sido envenenado por la serpiente antigua, y la naturaleza de la serpiente estaba dentro de él. No solamente necesitaba que el Señor fuese el Cordero de Dios para que quitara su pecado (1:29); también necesitaba que el Señor estuviese en la forma de la serpiente para que su naturaleza serpentina fuese anulada en la cruz, para así tener vida eterna. Según el principio establecido en el cap. 2, esto es cambiar la muerte en vida”.

Y Romanos 8:3 dice:

“Dios, enviando a Su Hijo en semejanza de carne de pecado y en cuanto al pecado, condenó al pecado en la carne”.

Por medio de estos dos versículos podemos ver que Jesús es la verdadera serpiente de bronce. Él es un hombre genuino, en semejanza de hombre de pecado, pero sin el elemento venenoso en Su ser. Como tal, Él fue levantado en la cruz para salvarnos.

Hoy es necesario que creamos en Cristo, Aquel que fue levantado como la serpiente de bronce para tratar con el veneno de nuestro pecado, no solamente desde el primer día en que creímos, sino también todos los demás días de nuestra vida cristiana.

Intentar mejorarnos a nosotros mismos no puede tratar con nuestra naturaleza pecaminosa. Necesitamos a Jesús, la serpiente de bronce, para tratar con la naturaleza venenosa de Satanás en nuestro ser.

¿De qué manera podemos aplicar hoy la muerte de Cristo como la serpiente de bronce?

Debemos reconocer, al igual que Nicodemo, que somos personas pecaminosas y venenosas. Aún si nuestro comportamiento exterior fuese perfecto, todavía el veneno del pecado esta en nuestro ser. Por más que intentemos dejar de pecar, la mayoría de nosotros nos damos cuenta que aún hay algo que nos causa que pequemos. Ésta es la naturaleza de Satanás obrando en nosotros.

Por ejemplo, quizás amemos verdaderamente a alguien, y aún así nos ofendemos o molestamos fácilmente con ellos. Es probable que hasta sintamos odio por ellos. Durante estos momentos, estamos más conscientes del veneno del pecado en nosotros.

Cuando nos consideramos desde este punto de vista, quizás nos sintamos desanimados. Sin embargo, al igual que los israelitas miraron a la serpiente de bronce, en Hebreos 12:2 dice que como creyentes debemos poner los ojos en Jesús. No podemos sanarnos a nosotros mismos, pero podemos desviar la mirada de nosotros mismos, nuestra situación, nuestro temperamento, nuestro pecado y poner los ojos en Cristo, la verdadera serpiente de bronce y abrirnos a Él como el Único que puede sanarnos.

Podemos detenernos y orar así:

“Señor Jesús, confieso que estoy molesto y ofendido. Señor no puedo cambiarme a mí mismo. Pongo mis ojos en Ti como la serpiente de bronce que fue levantada por mí. Gracias que anulaste el veneno de pecado en la cruz y me diste Tu vida eterna para tratar con el pecado que hay en mi ser. ¡Alabado seas Señor! Disuelve esta ofensa y enojo y reemplázalo con más de Ti”.

Simplemente suprimir nuestro enojo o intentar “perdonar y olvidar” es inefectivo. Sin embargo, cuando contactamos a Cristo, la verdadera serpiente de bronce, le permitimos anular el veneno de pecado en nosotros avivándonos con Su vida.

La muerte de Cristo como el grano de trigo liberó la vida divina para vivificarnos

En Juan 12, Cristo se comparó a Sí mismo con un grano de trigo. Los otros dos aspectos mencionados anteriormente tratan con algo negativo, pero este aspecto de Su muerte trata con algo positivo. Como el grano de trigo, Cristo libera mediante Su muerte Su vida divina en nosotros para nuestro disfrute.

Juan 12:24 dice:

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”.

Después de que Lázaro resucitara de los muertos, Jesús recibió gran alabanza y honor. En efecto, se hizo popular, pero en lo más elevado de esta popularidad, Cristo se comparó a un grano de trigo que debe caer en tierra y morir para producir mucho fruto.

Es posible que pensemos, ¿acaso todas estas personas a Su alrededor que le dieron la bienvenida con ramas de palmera no eran Su fruto? No obstante, el versículo 37 explica que a pesar de haber visto al Señor hacer tantas señales, no creyeron en Él. El Señor Jesús no tenía la intención de producir a una multitud que simplemente estuviera interesada; Su deseo era producir fruto que fuese genuino y viviente.

El fruto es el producto de la vida y la semilla es la que contiene la vida. Cuando se planta una semilla en el jardín, la única manera de que la vida pueda ser liberada es por medio de que la cáscara sea quebrantada. Cuando se entierra a la semilla en el suelo, la vida contenida en ella revienta de la cáscara quebrantada a fin de producir una planta viva y en crecimiento. De un solo grano de trigo, lo que brota es una planta que lleva muchos granos. Al ser enterrrado, el grano de trigo se reproduce así mismo multiplicándose.

De la misma manera, cuando la cáscara del cuerpo de Cristo fue quebrantada en Su muerte, la vida dentro de Él fue liberada. Antes de Su muerte, Jesús era el Único ser humano en la tierra que tenía esta vida. Pero por medio de Su muerte como el único grano de trigo, ¡esta vida está disponible para cada persona para siempre! Al ser liberada, esta vida divina produce “mucho fruto”,—millones de creyentes fueron producidos como los muchos hijos de Dios, teniendo parte en Su vida divina.

¿De qué manera podemos hoy aplicar la muerte de Cristo como el grano de trigo?

Cuando recibimos al Señor Jesús en nuestra salvación inicial, recibimos Su vida divina en nuestro espíritu. ¡Alabado sea el Señor! Sin embargo, esta vida no desea solamente permanecer en nuestro espíritu, la parte más profunda de nuestro ser. Esta vida desea crecer, vivificar nuestra mente, nuestras emociones, nuestra voluntad, aun nuestro cuerpo y desea expresarse en nuestro vivir hoy día.

Podemos ayudar a que esta vida crezca en nosotros de varias maneras. Pasar tiempo con el Señor por la mañana es una manera excelente para recibir más de Él y permitir que Su vida crezca cada vez más. También podemos invocar Su nombre en todas nuestras diferentes situaciones para nutrir la vida en nosotros y disfrutar a Cristo como nuestra respiración, bebida y comida espirituales.

Tomemos un minuto para orar:

“Señor, gracias que moriste para redimirme de mis pecados y salvarme del elemento venenoso del pecado en mi ser. Y gracias, Señor que también liberaste Tu vida divina para vivificar mi espíritu, para que formara parte de uno de Tus “muchos frutos”, y de Tu Cuerpo. Señor, mantenme abierto a Ti continuamente, recibiéndote como el suministro de vida que necesito para vivir la vida cristiana”.

Disfrutar a Cristo diariamente como el Cordero de Dios, la serpiente de bronce y el grano de trigo

Brevemente, los siguientes puntos nos dicen como disfrutar a Cristo hoy mismo en estos tres aspectos de Su muerte

  • Cada día, podemos acudir a Cristo como el Cordero de Dios para aplicar Su sangre que nos limpia por medio de confesar nuestros pecados (1 Jn. 1:7-9). Esto mantendrá una comunión ininterrumpida con el Señor.
  • Podemos poner los ojos en Cristo como la serpiente de bronce levantada por nosotros en la cruz a fin de que el elemento venenoso de Satanás que está en nosotros sea anulado y podamos recibir mas de Su vida eterna.
  • Cada día, podemos disfrutar a Cristo como el grano de trigo por medio de continuamente recibir Su vida divina que fue liberada a fin de crecer individualmente y como parte del Cuerpo de Cristo.

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