El poder de la sangre de Jesucristo

Puesto que somos cristianos, inmediatamente reconocemos versículos como Hebreos 9:12 que muestran que por el derramamiento de Su propia sangre, Jesucristo efectuó nuestra redención. Al creer en la redención que Jesucristo efectuó por nosotros, somos salvos. Todos nuestros pecados son perdonados debido a que Jesús derramó Su sangre por nosotros.

No obstante, ¿qué sucede después de que somos salvos? ¿Cómo podemos aplicar la sangre de Jesús en nuestra vida cristiana?

Estas preguntas son sumamente importantes para nuestra vida cristiana. Es necesario que sepamos lo que significa la sangre de Cristo para nosotros cada día después de nuestra salvación inicial. Debemos ver que no solamente somos limpiados por la sangre de Jesús al ser salvos, sino que también somos limpiados de los pecados aún después de eso a fin de mantener y disfrutar nuestra comunión con Cristo día tras día.

El poder de la sangre de Jesús

Debido a que Jesús, el Cordero de Dios sin mancha, derramó su sangre por nosotros, nuestros pecados pueden ser perdonados. En la Biblia podemos ver la magnitud de este perdón y la eficacia de Su sangre.

Dios nos separa de nuestros pecados por una distancia incalculable:

“Tan lejos como está el oriente del occidente, así Él ha alejado de nosotros nuestras transgresiones”. (Salmos 103:12)

Dios no solamente perdona nuestros pecados, sino que también se olvida de ellos:

“Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados”. (He. 8:12)

Nuestra conciencia es limpiada a tal grado que podemos ser aquellos que sirven a Dios:

“¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a Sí mismo sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de obras muertas para que sirvamos al Dios vivo?” (He. 9:14)

Estos son algunos de los muchos versículos que hablan sobre la sangre de Jesús y que nos dan una idea de su poder increíble.

¿De qué manera el poder de la sangre de Cristo afecta nuestra vida cristiana?

Una vez que recibimos a Cristo como nuestro Salvador, somos eternamente salvos. Nadie puede alterar esto. Fuimos lavados y todos nuestros pecados fueron perdonados. Sin embargo, ¿qué sucede con los pecados que cometemos después de ser salvos?

Nuestros pecados causan que perdamos el disfrute del Señor. Llegan a ser una barrera entre nosotros y el Señor, una frustración para nuestra comunión con Él. Es por eso que debemos aplicar la sangre de Jesús a diario y activamente en nuestras situaciones actuales.

1 Juan 1:9, un versículo escrito a creyentes, dice:

“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia”.

A fin de que podamos experimentar el perdón y el ser limpiados mencionados en el versículo anterior, sencillamente debemos confesar nuestros pecados al Señor. Inmediatamente son llevados mucho más allá de nuestro alcance, Dios los olvida e incluso nuestra conciencia es purificada, todo esto, debido al poder y la eficacia de la sangre de Jesús. Lo único que se requiere de nosotros es que confesemos nuestros pecados al Señor y admitamos que hemos pecado en contra de Él.

¿Qué sucede si aún nos sentimos culpables?

La sangre de Jesús es poderosa y eficaz en tres importantes direcciones, las cuales puede leer en esta entrada anterior del blog. El problema es que a veces, aún después de haber confesado un pecado, todavía nos sentimos culpables y nos preguntamos si Dios realmente nos ha perdonado, si nuestra confesión fue lo suficientemente minuciosa o si nuestro pecado fue tan desagradable que la sangre de Cristo no es suficiente para lavar dicho pecado.

El problema no tiene que ver con nuestra confesión ni con la sangre de Cristo. El problema tiene que ver con nuestro creer. Dios nos perdonó cuando confesamos e incluso se olvidó de ese pecado. Sin embargo, a nosotros se nos hace difícil olvidarlo. Seguimos recordándolo y pensando en esto. No sentimos que hemos sido perdonados. Quizás hasta confesemos el pecado una y otra vez, buscando ese sentimiento que nos convenza que hemos sido perdonados.

En tal estado, lo que nos preocupa son nuestros pecados y no Cristo. Pensamos que no podemos venir a Él, orar al Señor o tener comunión con Él.

Nos encontramos en dificultades cuando confiamos en nuestros sentimientos más que en la sangre de Jesús. Debemos recordar que la sangre de Cristo puede limpiarnos de todo pecado que confesemos al Señor. Debemos creer que lo que Él dijo es verdad, que Él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda injusticia.

La sangre de Jesús elimina nuestros pecados minuciosamente de manera que Dios no sólo los perdona sino que los olvida. Este es un hecho real, debemos olvidar lo que Dios ya ha olvidado.

Nuestros sentimientos versus la Palabra de Dios

Lo que sintamos o dejemos de sentir no siempre es un indicador fiable de lo que realmente es el caso, especialmente en asuntos espirituales. Hay momentos en que nos sentimos bien y otros en los que nos sentimos mal. En vez de depender de nuestros sentimientos volubles, debemos depender de la fe. Es necesario que aprendamos a profundizar más allá de nuestros sentimientos a nuestro espíritu y que fortalezcamos nuestra fe en el poder de la sangre de Jesús.

Una manera de fortalecer nuestra fe es declarar fuertemente los hechos que se encuentran en la Palabra de Dios. Cuando dudemos del poder de la sangre de Cristo para limpiarnos de un pecado en específico, podemos declarar los versículos mencionados en esta entrada en voz alta, fuertemente y ejercitando nuestro espíritu de fe. Esta manera de declarar la Palabra de Dios con nuestro espíritu nos ayuda a fortalecer lo profundo de nuestro ser, subyugar nuestros sentimientos y tomar una posición firme en los hechos que se encuentran en la Palabra de Dios.

También podemos orarle a Dios Sus propias promesas. Por ejemplo, podemos leer 1 Juan 1:9 y orar al Señor: “Señor Jesús, gracias por Tu preciosa sangre. Es tan poderosa que limpia todos mis pecados. Señor he pecado tantas veces, pero Tu dices que si confieso, Tú limpiarás todos mis pecados. ¡Gracias Señor, que cada vez que haces esto Tú eres fiel! Señor Jesús, Tu sangre me lava de todo pecado y me limpia de toda injusticia”.

No debemos perder tiempo en nuestros sentimientos de malestar o pensamientos de inseguridad. ¡La sangre de Cristo es tan poderosa! Y tenemos la Palabra de Dios la cual lo confirma. Cuando pecamos, sencillamente necesitamos confesar nuestro pecado al Señor y creer en la Palabra de Dios a fin de disfrutar el poder eficaz de la sangre de Jesús en nuestra vida diaria. Es por esto que podemos continuar disfrutando a Cristo como vida en nuestro espíritu y mantener nuestra comunión con Él.


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