¿Qué es la carne según la Biblia?

La Biblia menciona la carne tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. Sin embargo, aunque muchos cristianos están claros sobre lo qué es el pecado, muchos no saben lo suficiente acerca de la carne. Desafortunadamente, Satanás ha encubierto la verdad acerca de la carne a través de los años lo cual le ha permitido dañar a muchas personas del pueblo de Dios.

¿Qué es la carne, y qué tiene de mala? ¿Aún es tan mala ahora que somos salvos?¿Acaso mejora mientras más años pasen de ser cristianos o entre más espirituales seamos?

Veamos lo que la Biblia nos dice acerca de la carne.

¿Qué es la carne y de dónde proviene?

Dios creó al hombre con un espíritu, alma y cuerpo a fin de que el hombre pudiera contener a Dios y le expresara. Cada parte del hombre era pura, incluso su cuerpo. No obstante, cuando Adán y Eva comieron del árbol del conocimiento del bien y del mal, sucedió algo terrible. Tomaron la naturaleza pecaminosa del diablo. Esto amorteció su espíritu, dañó su alma y corrompió su cuerpo puro cambiándolo a la carne de pecado.

Podemos ver que el apóstol Pablo se percató acerca de la carne en Romanos 7:

“Pues yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien”. (v. 18)

Las palabras de Pablo son enfáticas: en nuestra carne, no mora el bien. ¿A qué se debe esto?

La nota 2 respecto a este versículo en la Versión Recobro nos brinda una explicación clara acerca de lo que es la carne:

“La carne aquí es el cuerpo humano caído y corrupto, junto con todas sus concupiscencias. Esta carne no fue creada por Dios, sino que es una mezcla de lo que Dios creó y el pecado, el cual es la vida de Satanás, el maligno. Dios creó el cuerpo del hombre como un vaso limpio, pero este vaso fue corrompido y convertido en la carne en el momento de la caída cuando Satanás, como pecado personificado, está en la carne del hombre, haciendo su hogar allí, y reinando como dueño ilegal, dominando al hombre y obligándole a hacer lo que no le gusta. Este pecado que reside en todos los hombres, el cual es la naturaleza maligna que no se puede cambiar, es lo que los constituye pecadores (5:19)”.

Satanás es el pecado personificado, y como dice Pablo en el versículo 20, el pecado ahora mora en nosotros.

El estado de la carne después de ser salvos

Cuando recibimos a Cristo como nuestro Salvador, nuestros pecados son perdonados, y somos limpios y salvos. No obstante, ¿qué sucede con nuestra carne? ¿Puede ser reparada? ¿Acaso somos libres de los deseos de la carne una vez que nacemos de nuevo?

La respuesta a estas preguntas es muy importante para nuestra vida cristiana. Después de ser salvos, nuestra carne permanece exactamente igual a antes de serlo, es decir, aún es pecaminosa y llena de concupiscencias. Esto se debe a que una vez que recibimos al Señor como nuestro Salvador, nacimos de nuevo en nuestro espíritu humano con el Espíritu divino de Dios, pero nuestra carne continúa siendo carne.

“Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:6).

Mientras vivamos en esta vida física, nuestra carne permanecerá igual. Nunca mejora y nunca cambia, no importa cuánto tiempo tengamos de ser salvos o cuánto hayamos crecido en el Señor. Sólo podremos deshacernos de la carne cuando el Señor Jesús regrese, resucite y transfigure nuestro cuerpo caído como Filipenses 3:20-21 nos dice:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos con anhelo al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transfigurará el cuerpo de la humillación nuestra para que sea conformado al cuerpo de la gloria Suya, según la operación de Su poder, con la cual sujeta también a Sí mismo todas las cosas”.

La salvación completa que Dios efectúa prometida en esta palabra incluye nuestro cuerpo caído. Pero por ahora, nuestra carne sigue siendo la carne pecaminosa.

Poseer un conocimiento adecuado es crucial

Es esencial que como creyentes tengamos un conocimiento apropiado de que nuestra carne pecaminosa no cambia, ya que esto nos alerta del peligro que la carne representa para nosotros. El hecho de que lo sepamos o no nos puede afectar gravemente.

Digamos que no tenemos noción de que cierta sustancia es extremadamente tóxica. Debido a que no sabemos que es tan peligrosa, puede que no nos preocupe e incluso seamos descuidados al manejarla, y como resultado nos hagamos daño. Pero una vez que conocemos lo que verdaderamente es, seremos bastante cuidadosos en su manejo a fin de protegernos a nosotros mismos.

Esto muestra el hecho de que tener el conocimiento adecuado acerca de nuestra carne puede ser beneficioso para nosotros los creyentes, y el no tenerlo puede perjudicarnos. Es real el peligro en que se encuentra nuestra vida espiritual debido a la carne. Y a diferencia de la sustancia tóxica en el ejemplo anterior, nuestra carne no está fuera de nosotros como un elemento que simplemente podemos ignorar; es parte de nosotros y está siempre presente.

La estrategia que Satanás utiliza por medio de la carne de los cristianos

Satanás le esconde a los cristianos la verdad en cuanto a la carne. Esta es su estrategia. Él desea que pensemos que nuestra carne no es un problema después de ser salvos, o que ésta ha mejorado y que por lo tanto, no representa un peligro para nosotros ya que hemos ido en pos de Cristo por un tiempo. Él sabe que si pensamos de esta manera comenzaremos a bajar la guardia, y como resultado pecaremos.

¿Qué queremos decir con “bajar la guardia”? ¿Qué significa esto en la práctica?

Supongamos que estamos seguros de que nunca cometeremos cierto pecado porque no lo hemos hecho por mucho tiempo, o estamos seguros de que nunca lo haremos porque nunca lo hemos cometido antes. ¿Qué sucede cuando pensamos que estamos a salvo? A menudo, nos permitiremos estar en ciertas situaciones en las que no nos damos cuenta que nuestra carne puede ser despertada y nos domine.

Tal vez antes de ser salvos asistíamos a bares y bebíamos con nuestros amigos. Digamos que ahora nuestros compañeros de trabajo o nuestros amigos nos invitan a un bar. Vamos, pensando: “Ahora que soy salvo, ya no tengo la tentación de beber”. No nos damos cuenta de que nuestra carne no ha mejorado y que todavía es tan fuerte como lo era antes. Nuestra carne vence nuestra fuerza de voluntad, arrastrándonos de nuevo a la misma vida que teníamos antes. Es demasiado tarde cuando nos damos cuenta de que aún estamos sujetos a las concupiscencias de la carne.

O, si usamos otro ejemplo, sabemos que la inmoralidad tal como la fornicación es pecaminosa. Sin embargo, quizás pensemos: “Ahora que soy cristiano, definitivamente nunca tendré un problema con esto. Mis altos valores morales evitarán que algo suceda”. De modo que, repetidamente, ya sea en el trabajo o en cualquier otro lugar pasamos tiempo a solas con un miembro del sexo opuesto porque pensamos que somos inmunes a las concupiscencias de la carne. Pero, al final, ya que hemos pasado tanto tiempo a solas, nos comportamos descuidadamente y, en un momento desprevenido, como resultado, podemos pecar. No nos damos cuenta de que nuestra carne es mucho más fuerte que nuestros valores morales. La carne no sólo opera en un cierto tipo de persona; opera en todos. Cada ser humano tiene la lujuria de la carne, y cada ser humano, incluyendo al creyente, es capaz de cometer cualquier tipo de pecado. Debido a la lujuria de la carne, podemos pecar con tan sólo estar en el entorno equivocado.

De esta manera Satanás daña a los creyentes, una y otra vez, adormeciéndolos a fin de que no se protejan contra la carne.

En el libro de Romanos, un libro escrito a los creyentes, Pablo claramente advierte a los creyentes a protegerse no sólo del pecado, sino del pecado que se esconde en su propia carne.

“No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a las concupiscencias del cuerpo”. (Ro. 6:12)

Si somos descuidados con nuestra carne, el pecado reinará incluso en el cuerpo de un creyente. ¡Qué tragedia!

Primero debemos ver el peligro

El primer paso que debemos tomar para no permitir que el pecado reine es ver el peligro que representa nuestra carne. Nuestra carne caída y pecaminosa es como un animal salvaje que nunca puede ser domado. Darle la mas mínima libertad puede causar que se escape y haga un gran daño. Aún las cosas que vemos y escuchamos pueden despertar la carne. ¡Ciertamente necesitamos pedirle al Señor que nos muestre la seriedad de nuestra carne, y cómo debemos protegernos de ella! Si cedemos a la carne aunque sea un poco porque pensamos que somos fuertes y podemos vencerla, o porque pensamos que ya no estamos sujetos a la lujuria de la carne, como consecuencia pecaremos.

En otra entrada veremos algunas maneras prácticas en las cuales podemos cooperar con el Señor para no permitir que el pecado gobierne en nosotros por medio de la carne. Por el momento, les animamos a leer nuestra entrada, “Lo que dice 2 Timoteo 2:22 sobre huir de las pasiones y de qué manera en la actualidad esto se aplica a nosotros”.

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